jueves, 2 de abril de 2009

LA CONSAGRACIÓN

La consagración es el resultado de una comprensión adecuada de lo que es la salvación. Si una persona considera su fe en el Señor Jesús como un favor al Señor, y su fe en Dios como una cortesía hacia Él, será inútil hablarle sobre la consagración. Si alguien piensa así, no ha tenido un buen comienzo en la fe cristiana y, por ende, es imposible esperar que se consagre.


La enseñanza sobre la consagración se encuentra tanto en el Antiguo Testamento (Éxodo 28 y 29, y Levítico 8), como en el Nuevo (Romanos 6 y 12).

En 2ª Corintios 5:14-15 se nos muestra claramente que el poder constreñidor del amor del Señor es la base para que los hijos de Dios se consagren. Según el idioma original, la palabra constreñir significa rodear de tal forma a la persona que ella no puede escapar. Él nos ha atrapado en su amor, y no tenemos alternativa. Nadie puede consagrarse a no ser que sienta amor por el Señor. Pero después que el amor está, la consagración será la consecuencia inevitable.

Debido a que el Señor nos constriñe y nos compra, nos apartamos de ciertas cosas y vivimos por él y para él. Esto es la consagración. «Consagración» se puede traducir como «recibir el servicio santo», el oficio de servir al Señor. Esto es como prometerle al Señor: «Hoy me separo de todo para servirte, porque tú me amas.»

Supongan que compran un esclavo y lo llevan a casa. Al llegar a la puerta, el hombre, arrodillado, te dice: «Amo, tú me compraste. Desde hoy, con placer, atenderé tus palabras». Para ti, haberlo comprado es una cosa, pero el hecho de que él se arrodille a tus pies proclamando el deseo de servirte, es algo completamente distinto. Porque tú lo compraste, él reconoce su derecho; mas porque tú lo amas, aún siendo él quien es, él se declara enteramente tuyo. Solamente eso es consagración. Consagración es más que el ver Su amor y más que saber que él nos compró: es la acción que sigue al amor y a la compra.

El objetivo de la consagración es esperar en Dios y moverse a hacer lo que él quiere, y cuando así lo dispone.

Todo nuestro tiempo es de Dios, y cada uno de nosotros debe esperarle. La obra de cada uno es flexible y debemos aprender a esperarle. Presentamos nuestros cuerpos para servir a Dios.


En el momento que una persona se consagra, debe comprender que lo más importante es lo que Dios requiera.

El trabajo puede variar, pero el tiempo invertido sigue siendo el mismo: toda nuestra vida. La exigencia del Señor tiene prioridad: servir al Señor se torna en el mayor servicio. Nosotros, los que servimos a Dios, no podemos esperar únicamente ser prósperos en el mundo, pues estas dos cosas son contrarias.

La consagración no es lo mucho que uno da de sí mismo al Señor, sino ser aceptado por Dios y recibir el honor de servirlo. Y el fruto de la consagración es la santidad.

No debemos rogar a otros que se consagren; en lugar de ello, debemos decirles que el camino está abierto para que lo hagan. La consagración no depende de nuestra voluntad, pues proviene de la abundancia de la gracia de Dios. Tener el derecho de servir a Dios es el mayor honor de nuestra vida.

Y tú, ¿estas listo para consagrarte a Dios?

1 comentario:

  1. De a cuerdo a lo mencionado por ti en la descripcion anterior de consagaraciòn estoy completamente de acuerdo y bueno siempre he considerado a la consagraciòn como la oportunidad que Dios nos da de seguir adelante en nuestra relaciòn con Él a pesar de las faltas que tengamos para con nuestro Dios y de hacer mas fuerte cada dìa esa relaciòn haciendo nosotros su voluntad.

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