Enseguida lo llamaron a su casa, pero no obtuvieron respuesta. Nadie lo había visto. El Grupo Juvenil no tenía otra alternativa que continuar sin él.
En el intervalo entre el primer y segundo servicio, los participantes estaban disfrutando de un refrigerio, mientras modificaban algunas de sus partes para hacer una mejor presentación, cuando Felipe apareció caminando. Era obvio por su cara que algo andaba muy, pero muy mal.
Habia llovido sin parar toda la noche y Felipe era un conductor principiante. En su camino al servicio había patinado y golpeado contra un poste y por eso chocó a otro auto. Había recibido unos cuantos golpes y moretones, lo habían multado y, además, su auto estaba totalmente destruido. Sin embargo, lo que en verdad había perdido era mucho más significativo.

Felipe estaba enojado con Dios, porque el mismo día que iba a predicar por primera vez frente a la congregación y compartir su fe, le había mandado ese accidente. Se sintió abandonado por Dios y le contó a los demás participantes que sería muy hipócrita de su parte si subía al estrado y compartía lo que había preparado para hablar.
Con enojo en su voz lágrimas rodando por sus mejillas, Felipe admitió que el accidente había causado un gran corte entre él y Dios.
¿Fue Felipe justo en su pensamiento?
¿Cómo te sentirías si estuvieras en el lugar de Felipe?

